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Efraín Gutiérrez Zambrano @efraguza

PARA UN BUEN DÍA

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Feliz navidad

 

¡Cómo han cambiado los tiempos! Recuerdo que mis navidades tenían como marco un humilde pesebre, una cena frugal y mucha alegría que la reunión familiar causaba al ver a los mayores bailando y a nosotros el feliz encuentro con los demás niños que expectantes jugábamos esperando el regalo del niño Dios.

Medio siglo después, las luces adquirieron velocidades y formas exóticas para iluminar gigantescos pesebres y árboles que se desafían en tamaños y colores para llamar la atención de quienes pasan frente a ellos. Todos parecen competir tal como lo hacen sus creadores para llevarse el premio que los medios de comunicación ofrecen a la casa o a la cuadra mejor iluminadas. Los niños, que ya no esperan al niño Dios o a papá Noel, sueñan con el regalo más grande y los mayorcitos esperan el último aparato que la nanotecnología ofrece para matar al tedio. Carteles y propagandas pregonan que la felicidad de estas fiestas se puede comenzar a pagar en febrero y que al pesebre más grande del mundo se le agotaron los boletos de entrada. La fastuosidad, la extravagancia, el afán desmedido de riqueza y la superficialidad sepultaron el espíritu de la navidad.

Se nos olvidó que es en la sencillez donde reside la grandeza. También hemos pasado por alto que es entre gente sencilla donde se halla la belleza pura porque no hay mejor belleza que la sencillez. Así lo enseñó Dios al humanizarse y escoger la paz de la pesebrera y la sinceridad de los pastores. Él sabía que eran más generosos los animales que los hombres que le cerraron las puertas de sus casas y posadas. Confió su vida a personajes anónimos que cuidaban ovejas para evadir  a los poderosos como Herodes que deseaba darle muerte porque el poder y la arrogancia son más importantes para el mundo que la inocencia y salud de los niños. Una estrella, pero no de las que la pericia de los comunicadores ha creado y ha llevado al pináculo de la fama, sino un astro sometido a la voluntad divina sirvió de guía a los que en verdad le buscaban para reconocerlo como Dios y ofrendarle incienso, respetarlo y aceptarlo como hombre al entregarle la mirra, y proclamarlo como rey de reyes cuyo cetro tendría un brillo superior al oro al hacer de su corazón el solio del Amor.

Pero nunca es tarde para el hombre reconocer su error o involuntario olvido. Debemos recobrar el verdadero sentido de la navidad. Que fluya de nuestros corazones el perdón para que vuelva a sonreír la paz, que los regalos obedezcan a la generosidad del alma y no a los deseos de la hipocresía y a la efímera dicha que la vanidad causa y nuestro ser sea tan puro que Dios no tema entrar en él.    

Feliz navidad  te desea Efraìn Gutiérrez Zambrano                      

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Dedicado a quienes son laboriosos

Es muy común escuchar a la gente decir de quien es activo: "Es más loco que una cabra." Pero olvida la caterva que sin ánimo nada se hace. Y el entusiasmo es hermano gemelo de la alegría.  A quien piensa, razo­na y actúa lo tildan de loco; y de cuerdo, a quien hace de su vida un desierto y de su tiempo, ocio. "Pero vale más estar loco de alegría que de tristeza; vale más bai­lar torpemente que andar renqueando", dice Nietzsche.

SEMBRAR EL FUTURO

 

En un oasis escondido en los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba de rodillas el viejo Eliahu al costado de algunas palmas datileras. Su vecino Hakím, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para abrevar sus camellos y vio a  Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

— ¿Qué tal, anciano?  La paz sea contigo.

  Y contigo —  contestó Eliahu sin dejar su tarea.

  ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, trabajando con esa pala?

  Siembro —  contestó el viejo.

— ¿Qué siembras aquí, Eliahu?

  Dátiles – respondió el viejo señalando el palmar.

  ¡Dátiles! — repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez —. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa.

— No, debo terminar la siembra. Luego, sí quieres, beberemos.

— Dime, amigo,  ¿Cuántos tienes?

  No sé: sesenta, setenta, ochenta, no sé… lo he olvidado.  Pero eso,  ¿qué importa?

— Mira, amigo, las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y sólo entonces están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.

 

— Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probarlos.

 

Siembro hoy para que otros puedan comer dátiles mañana. Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

 

— Me has dado una gran lección, Eliahu; déjame que te pague esta enseñanza — dijo Hakim, poniendo en la mano del viejo un bolsa de cuero llena de monedas.

 

  Te lo agradezco. Ya ves, a veces, pasa esto:

Tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y, sin embargo, mira: todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

 

  Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy, y es quizás más importante que la primera. Déjame, pues, que pague también esta lección con una bolsa de monedas.

 

  Y a veces pasa esto —  siguió el anciano, extendiendo la mano para mirar las dos bolsas-: sembré para no cosechar, y antes de terminar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces.

 

— Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas no me alcanzará toda mi fortuna para pagarte.

 

QUEMAR LAS NAVES

 

Alrededor del año 335 a.C., al llegar a la costa de Fenicia, Alejandro Magno debió enfrentar una de sus más grandes batallas. Al desembarcar, comprendió que los soldados enemigos superaban tres veces el tamaño de su gran ejército. Sus hombres estaban atemorizados y no encontraban motivación para enfrentar la lucha: habían perdido la fe y se daban por derrotados. El temor había acabado con aquellos guerreros invencibles.

 

Cuando Alejandro hubo desembarcado sus tropas en la costa enemiga, dio la orden de que fueran quemadas todas las naves. Mientras los barcos se consumían en llamas y se hundían en el mar, reunió a sus hombres y les dijo: “Observen cómo se queman los barcos. Esta es la única razón por la que debemos vencer, ya que si no ganamos, no podremos volver a nuestros hogares y ninguno de nosotros podrá  reunirse con su familia nuevamente, ni podrá abandonar esta tierra que hoy despreciamos. Debemos salir victoriosos en esta batalla, pues sólo hay un camino de vuelta, y es por mar. Caballeros,  cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible: en los barcos de nuestros enemigos”.

 

El ejército de Alejandro venció en aquella batalla, y regresó a su tierra a bordo de las naves conquistadas.

 

 

LA CARRETA VACÍA

 

Cierta mañana, mi padre me invitó a dar un paseo por el bosque y yo acepté con placer. Se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

 

— Además del cantar de los pájaros,  ¿escuchas algo?

Agucé mis oídos y algunos segundos después le respondí:

— Estoy escuchando el ruido de una carreta.

— Eso es —dijo mi padre —. Es una carreta vacía.

— ¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la vemos? — le pregunté.

— Es muy fácil saber que una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace.

 

Me convertí en adulto y aún hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, a una persona inoportuna, que interrumpe la conversación de todo el mundo, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace.                     

 

Evaluación de lo leído:

 

1. ¿Qué enseñanzas para tu vida dejan las tres historias?

2.  ¿Cuál consideras debe ser la verdadera lucha humana, por el dinero o por el poder?

3. ¿Podrías definir y explicar los términos estoicismo, moral, acto humano y acto del hombre?

4. ¿Cuál es el mensaje que nos deja la historia de la carreta vacía?

5. ¿Qué son los dátiles?