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Efraín Gutiérrez Zambrano @efraguza

FILOSOFÍA DE LA RELIGIÓN

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REFLEXIONES EN TORNO AL PROBLEMA DE DIOS

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No es fácil, para el ser humano, creer en Dios. Primero, porque el lenguaje preferido de Dios es el silencio. Segundo, porque siempre que le imploramos, parece no escucharnos. Tercero, porque deseamos que Él nos dé pruebas de su existencia, y para Dios, tales pruebas son insolencias humanas que le ofenden. En consecuencia, para hablar con Dios, huyamos del bullicio; sepamos esperar, con fe, que nos conceda aquello que le pedimos y aceptemos que la mejor prueba de su existencia somos nosotros mismos, que por bondad de Él, existimos.       

Es más fácil negar la existencia del mundo que la de Dios. El mundo se acaba para quien se muere, sea humilde o engreído. Y aunque parezca inverosímil, es la muerte el premio a la osadía de negar al autor de la vida y el único que puede, como lo demuestran las criaturas que perviven, seguir con vida hasta que Aquel así lo disponga. Y no faltan quienes niegan la resurrección sin darse cuenta que al negarla

afirman que Dios no es el autor de la vida.    

Naturaleza de Dios

 

El empirismo sostiene que todo conocimiento humano comienza por los sentidos y los racionalistas, que es de la razón misma de donde emergen las ideas que nos permiten explicar el mundo en el cual nos movemos. En consecuencia, hablar de la naturaleza de Dios no puede tener una vía gnoseológica meramente humana. Todo cuanto podemos hacer es preguntarnos si creemos en Dios y si lo aceptamos podremos continuar profundizando en el tratado de teodicea.

 

Porque si nuestra respuesta es negativa es un sinsentido hablar de alguien a quien negamos su existencia. Sólo es posible, como sujetos que tenemos la capacidad para conocer, reitero, si no somos escépticos, conocer lo existente. De ahí que resulte ridículo que un hombre se declare ateo y sin embargo, participe en debates y foros sobre la naturaleza y existencia de Dios.

 

A Dios no le puede conocer el hombre sino a través de las vivencias religiosas que tengamos, es decir, a Dios no se le conoce, se le siente. Pero en forma variable según sea el grado de aceptación que tengamos de su existencia. Son pocos los filósofos que han querido demostrar su existencia y muchos los seres humanos que por su fe lo han proclamado. Así como también pocos son los que se han empecinado en negarlo.

 

Todo intento de explicación racional nos deja insatisfechos, pero es conveniente hacer tales esfuerzos para que nuestra vida espiritual tenga fundamentos. De lo contrario tendremos una “fe de carboneros”, una creencia, un mito o fantasía. Hechas estas aclaraciones podemos comenzar las reflexiones sobre teodicea y partiendo de los conceptos que la ontología nos presta para comprender al Ser por sí mismo. (Aseidad).         

 

Desde los tiempos de Aristóteles se afirma que esencia es aquello que hace que un ser es lo que es y no otra cosa. Por naturaleza se reconoce la esencia en cuanto se considera como principio de las operaciones y potencialidades propias de ese ser.  Pero en el caso de Dios tropezamos con serios problemas que podemos sortear como quien atraviesa un río crecido. Es necesario tomar precauciones para evitar ahogarnos. La primera de ellas es una pregunta: ¿Es posible conocer a Dios? Y la segunda interrogación: ¿Y si lo podemos conocer, entonces, quién es Dios?

 

Para responder a la primera pregunta, sin entrar en contradicciones, ya que se dijo que por la vía cognitiva humana no es posible, debemos buscar como vadear para llegar al otro lado. Y es Leibniz, quien nos alerta al decir: Dios es un océano del que sólo hemos obtenido algunas gotas. Mas por esas gotas es posible decir la calidad de agua que forma el misterioso piélago.

 

 Sin menospreciar el gran aporte de los hebreos, quienes llegaron a Dios por la vía de la revelación, no se puede menos que aplaudir a los griegos quienes también se acercaron a él a través del raciocinio. Fue Parménides el primero en descubrir al Ser que al identificarlo con la realidad se hace panteísmo y al señalarlo independiente de ella se torna escepticismo. Es ilógico decir que el alfarero es la vasija, pero si es sensato afirmar que el alfarero hizo la vasija. Y si desvinculamos al alfarero de la vasija, ésta aparece sin causa eficiente. La razón indica que toda cosa debe tener una causa. Y este mundo no es la excepción. Por el contrario, es una de esas gotas, como dice Leibniz, que nos permite advertir la omnipresencia del Creador, omnipresencia ininteligible para quien la niega. Es mediante la analogía entre el Creador y su obra como podemos formarnos una idea del Ser por sí mismo.

 

Al formarnos esa idea podemos señalarle los atributos que caracterizan la naturaleza divina y de una manera limitada nos permiten decir quién es Dios.  

 

Los atributos entitativos o de la esencia  son unicidad, infinitud, inmutabilidad, eternidad y bondad. Los operativos o de la manifestación se dividen en inmanentes y trascendentes. A los primeros corresponden la ciencia y la voluntad. A los segundos, creación, concurso, conservación y providencia.    

 

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Hay quienes insisten en matar a Dios para no tener que postrarse ante Él; pero es mayor la postración del hombre ante su miseria al olvidarlo, pues, Él es fuente de toda honra y prosperidad. Por las vías de exclusión y contraste, podemos pensar en un paraíso donde el amor de Dios ponga fin al egoísmo humano.  

 

Momentos hay en que el ser humano se siente abandonado de la mano de Dios, y lo que es peor, los demás sienten compasión por el abandonado porque lo juzgan más pecador que ellos. Pero Dios concede su misericordia a quienes lo invocan y reconocen sus errores con sincero corazón. A los que juzgan les cobra con mayor rigor su pecado, porque sólo Él es Santo.